
Eran las siete de la mañana. El sol del amanecer iluminaba las soleadas calles de Screamville, mientras la gente se paseaba indiferente, con sus miradas bajas para evitar cruzarlas.
Esa hermosa y cálida mañana de domingo, se había colado por su pequeña ventana un fugaz rayo de luz. Bajo las sábanas apareció una delicada mano, la cual estiró de éstas hacia arriba. Ese cuarto tan gris y tan triste, desencajaba enteramente con el azulado cielo, que brillaba alegre tras los barrotes del ventanal. Bufó resignada y apartó lentamente la delicada sábana blanca que cubría su pálido rostro. Los tibios rayos del sol, chocaron en sus ojos cerrados, a lo que ella contestó insultándole, al mismo tiempo que corría las mantas y se sentaba al lado derecho de la cama.
- ¡Casandra! El desayuno está listo, amor ¿Te lo llevo a la cama? — propuso esa dulce voz, aunque, inconfundiblemente molesta.
- Eh…no. Ya me levanto yo, mami. Espérame una hora y bajo — le respondió, al mismo tiempo que apartaba su largo y negro flequillo de sus enormes ojos celestes. Hizo un gesto de enojo con la mirada y se quitó su camisón violeta, transparente.
Ya estaba resignada a vivir así por el resto de su miserable vida, llenando sus días de hipocresía. Su alma pesaba de lo vacía que se sentía. Ese dolor que acarreaba desde siempre, obligada a callar por el horror que encerraba. Ella quería olvidar, quería sentirse como una adolescente más, que sale con sus amigos, que se compra ropa todos los fines de semana. Frivolidades sin sentido, como esas. Pero algo la obligaba a ser y sentirse diferente.
Buscó bajo la cama, de roble pintado negro, unas botas altas hasta las rodillas. Bajó hasta meter su cabeza debajo de ésta y en la oscuridad, tanteó hasta que, como si el sol quisiera alegrarle un poco el día, hizo brillar una pequeña hebilla. Estiró los brazos para alcanzar las botas, mientras maldecía al nuevo día, a la vida que le había tocado y a todo lo que estuviese en ese momento cruzando por su mente. Se sentó en el suelo y empezó a calzarse las botas, hebilla por hebilla, cordón por cordón. Al mismo tiempo, recordaba los horribles acontecimientos que la dejaron como estaba.
-¡Casandra! ¡Tu madre dijo que te dieras prisa! Sino vienes, me quedo con tu desayuno o se lo tiro a los perros de la esquina.
- ¡A mí no me puedes decir nada! ¡No soy tu hija, así que conmigo no te hagas el prepotente! - se escuchó desde el cuarto de Casandra.
Ahora lo recordaba todo. Cada noche, a cada hora, sus tormentos fuera de la escuela estaban relacionados con sus padres adoptivos; tras calzarse las botas, se levantó, y con pesar, se dirigió al armario. Al abrirlo se encontró con mil y un recuerdos de casandras anteriores a ella: muñecas de porcelana traídas desde las tierras lejanas, ositos de peluche rellenos de plumas de aves exóticas… Y luego encontró aquellos cuadernos oscuros, llenos de marcas hechas con una aguja, donde se podían leer frases como: Muerte, llévate mi alma negra o termina con mi eterno sufrimiento. Miró una foto suya de hacía ocho años. No recordaba la última vez que había sonreído de esa forma tan pura y sincera. Su madre la abrazaba por la espalda, ambas sonriendo, pero su padre estaba alejado, fumando en su pipa con su típica cara, fría, distante y malhumorada.
Esa calurosa mañana de verano hacía brillar la vida en aquella foto. En el adorable rostro de Casandra había una gran sonrisa dibujada. Ese diente incisivo que faltaba. Los ojos dulces reflejaban la alegría del cumpleaños, arruinado completamente por la figura de su padre, que miraba todo desde la sombra del árbol del fondo.
Ahora, a los quince años, Casandra ya no sonreía casi nunca. Descargaba todo su sufrimiento en las clases de violín, que se costeaba ella sola, o en los enormes cuadernos, que llenaba todo el tiempo con poemas, pequeños relatos basados en su vida, o con macacos simplones que tenían armas blancas. Se sentía desgraciada, sola, sin apoyo alguno. Era miserable. Su padrastro era un ogro. Su pasado era tan negro como la oscuridad. Su mente quería aislarse de la realidad. Lloraba todas las noches por la ira, el dolor y la desesperación de vivir. Sólo quería olvidar. Era una rosa entre un montón de cardos
-¡Casandra!¡Ya mismo te quiero abajo, pequeña zorra! – clamó la voz seca y áspera de esa persona tan despreciable, tan odiosa y tan él.
Ella ya estaba completamente cansada. Agarró un pequeño cojín y con todas sus fuerzas lo apretó contra su rostro para gritar. Gritó sacando fuera toda la rabia, toda su ira. En definitiva, echó todo ese odio que se reprimió todo este tiempo, a la vez que pellizcaba con las manos al pobre cojín. Después lo bajó lentamente, hasta apartarlo de su cara. Volteó la vista dentro del armario, donde encontró la ropa que se ponía para estar en casa, y cuando ya estuvo vestida, bajó despacio las escaleras, saboreando el ruido de los pasos contra la vieja y desgastada madera.
-¿Por qué la tratas así? Ella jamás te hizo nada para que la trates de ese modo. No entiendo porqué le tienes tanto rencor – esa voz molesta, pero dulce, sonaba por todo el comedor de la señorial casa.
- Yo sé porqué lo hago, mujer. A ti no te interesa – Le respondió abominable, el horrible hombre.
- Pero ella no te trató mal nunca para que le digas zorra, idiota o basura. Esas cosas tan horribles que nos llamas a ambas. Admítelo, nos odias – volvió a atacar la madre.
-¡Cállate, zorra! – gritó el padre, mientras amagó para golpearla. La mujer se apartó ágilmente, pero no pudo evitar dejar caer una amarga lágrima.
- Mamá, David, ya estoy abajo – dijo con una sonrisa forzada.
-Hijita, ven. Te voy a dar lo poco que rescaté de tu desayuno – empezó a caminar hacia la cocina, mientras miraba a su marido con aires de victoria.
Tomó a Casandra por los hombros y ambas entraron en la estancia. La adolescente tomó suavemente la mano de su madre, mientras bajaba la vista. Se mordió el labio inferior y apretó la mano.
-¿Por qué lo has hecho? – preguntó la joven -¿Por qué me has defendido?
- Porque sé que tú no eres nada de lo que él ha dicho y no tiene ningún derecho para tratarte así. Que yo sepa no le has hecho nada para que te llame ‘pequeña zorra’ – añadió la mujer con una amplia sonrisa
-Gracias, mamá.- Casandra bajó la vista un poco más, sumiéndose en recuerdos.
Soltó la mano de su madre y dio la vuelta. Caminó hacia la puerta de la entrada, bajo la mirada furiosa de su padre.
-¿Te vas con tus machitos tan temprano, zorrita?
-¡Cállate, David! Adiós Casandra. Vuelve pronto.- Se despidió su madre desde la ventana, agitando su mano, mientras veía irse a la niña.
Ese largo cabello negro bailaba al son de la suave brisa de primavera.
Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados